Lo que he aprendido estas vacaciones con mis hijos

 

– Álvaro Andani

Este verano he tenido la suerte de poder hacer algo que deseaba desde que era niño, unas vacaciones familiares en autocaravana.

Quería experimentar la libertad de poder decidir cada mañana a dónde ir. Me atraía conducir y conducir, ver carreteras, paisajes, pueblos y ciudades, pasar de país en país, mover mi casa de una ciudad a un bosque, a una playa, a una montaña…y, sobre todo, estar muchas horas con mis hijos sin tentaciones de amigos, trabajo e internet a todas horas. Horas de ser un niño con ellos.

Podría decir que era un tiempo para “resarcir a mis hijos de mis ausencias”, pero la verdad es que el principal interesado en ese contacto era yo por tantos y tantos días en los que ¨estoy sin estar¨. Esos días que estoy en familia, pero, mi mente está pendiente de mil asuntos. La “pérdida de foco” por la ubicuidad del trabajo y el exceso de información termina creando un ruido de fondo en forma de recriminación. Un efecto secundario que me provocan las nuevas tecnologías, de las que soy tan fan.

Estos últimos años han sido además bastante intensos en mi empeño de buscar la libertad. Decidí que no quería seguir por el camino del escalafón empresarial para ganar más responsabilidades, más dinero, más…sino que quería hacer cosas que verdaderamente me llenasen y sobre todo quería ver crecer a mis hijos. Quería verlos también entre semana y a la luz del día, no sólo los fines de semana o por la noche con la luz ya apagada para no despertarles.

Paradójicamente, ese cambio me llevó a verlos con más frecuencia pero a sentir más la ¨pérdida¨ de todo el tiempo que dedicaba a trabajo de investigación, frecuentemente desde el despacho de casa manteniéndolos a raya al otro lado de la puerta. Tras no pocas dudas y esfuerzos había conseguido reinventarme para dedicarme a lo que hace muchos años empezó a dibujarse como una vocación. No obstante, no me sentía del todo conforme con mis sensaciones cuando valoraba si efectivamente me sentía priorizando mi familia.

Quería experimentarlo en un nuevo contexto. Así que este verano allí estábamos en familia, sentados mi hija de 8 años, mi hijo de 6 y yo, mientras Yolanda, mi mujer, conducía la casa con ruedas. Esta experiencia que tanto soñé me ha llevado por caminos que no sospechaba y que hoy quiero compartir con vosotros.

Lo primero que descubrí es que no es lo mismo volverse niño y jugar al aire libre, montando en bici, corriendo o viendo una película, que volverse un niño sentado con otros niños durante unas cuantas horas en una caravana. En este espacio pequeño y cerrado o entramos verdaderamente en su mundo interior o nos aburrimos terriblemente. Por suerte, si resistimos la tentación de darnos a las distracciones “adultas”, será ese mismo aburrimiento el que nos enseñe el camino de la “Imaginación”.

En este mundo, me encontré con algo muy difícil para mí, la necesidad de acomodar mi ritmo de actividad mental con su ritmo de “presencia”, sin juzgar si el tiempo es productivo, manteniendo contacto pleno con lo que hago.

Se necesita una gran flexibilidad para imaginar cualquier historia sin prejuicios ni miedo al ridículo, para superar el aburrimiento con cualquier invención- presencia, presencia y presencia-. Qué difícil es estar presente como un niño. Tampoco era consciente de que en mi camino personal-profesional, aunque estaba mucho más presente me desviaba de mi objetivo y me volvía a atar al piloto automático. En cierta forma los hijos nos regalan la oportunidad de una segunda infancia que se puede escapar sin lo le prestamos nuestra atención.

En este viaje, en ese espacio reducido y compartido, tomaba un nuevo sentido aquello de mantener una presencia consciente. Sin presencia no hay auténtica vida y sin conciencia de aquello en lo que estamos presentes no hay libertad de elección, sólo ilusión de libertad.

Pero el resultado es magnífico, el sentimiento de estar viviendo plenamente en cualquier cosa que se haga por simple que sea. La mente de un niño destila salud y plenitud, una vida que exprime toda la autonomía que su edad ofrece. Sólo ser, estar presente.

Mientras escribo, me viene a la memoria una frase que escuché en una conferencia: “Yo no les digo a mis hijos que busquen ser felices en la vida, les animo a que sean libres”. Yo no sé si se puede ser auténticamente feliz sin ser libre. En la pirámide de Maslow esto de la libertad parece quedar allá arriba, una vez atendidos el cuerpo y el ego. Pero en los países desarrollados – y en los no desarrollados a nada que se desarrollan –, pese a un increíble avance de la tecnología y del propio conocimiento sobre el ser humano, parece que ser feliz va por otro lado.

Si le preguntamos a cualquiera qué es ser feliz, seguro que las respuestas incluirán intenciones relacionadas con la transcendencia, la paz mundial, disfrutar de lo cotidiano, necesitar menos, salud, familia, etc. Pero si nos detenemos a ver qué nos mueve realmente es muy posible que nos demos cuenta de que ya desde que superamos la primera década de vida parece que nos orientamos a tener cosas y ahorrar a nuestros hijos el máximo de frustraciones posibles derivadas de no tener aún más cosas. Parece que no solo nos movemos desde el “ser” de la infancia a un “tener” adulto, sino que además tratamos de desnaturalizar el primero con toda nuestra buena intención.

Los niños son plenamente presentes, es consustancial a su condición, y les basta eso para ser libres y felices, no es su responsabilidad proveerse de alimento y cobijo. En el caso de los adultos, o incluso de los adolescentes, hace falta algo más para ser libre, hace falta ser consciente de en qué estamos presentes.

Por eso, de vuelta en mi día a día, me parece muy necesario plantearme de vez en cuando, ¿En dónde estoy? ¿Para qué y para quién hago lo que hago? ¿Cuáles diría que son los valores que me mueven? ¿Mi desempeño diario es coherente con mis objetivos? ¿Sigo la corriente o remo mi propio camino? ¿Me siento libre haciendo lo que hago?

Me doy cuenta de que, para ser libre y honesto en mis prioridades, necesito estar en contacto conmigo mismo. Necesito tener conciencia de si remo para ir a dónde verdaderamente quiero o si me lleva la corriente, de si anhelo otra cosa por “ingenua” o inalcanzable que parezca, de si estoy donde me dice el corazón.

Necesitamos recuperar la fascinación de la mirada de un niño, la autenticidad en cada cosa que hacen. El contacto con nosotros, la capacidad de sorprendernos, de reírnos, el disponer de tiempo y energía para arrodillarnos en el suelo y jugar, inventar cuentos, adivinanzas, etc., no es algo que salga solo, requiere de práctica, y esa práctica necesita compromiso.

Creo que, en la mayoría de los casos, si en algún momento nos apartamos de la salud emocional es porque dejamos de ser conscientemente presentes y nos alejamos del ser libres. Para poder ser un adulto libre que conserva la parte del niño que fuimos y somos, necesitamos darnos cuenta de dónde estamos y de lo que hacemos, ser más espontáneos, reírnos de nosotros mismos, preocuparnos menos, hacer un guiño a ese niño que puede viajar durante horas en una caravana cumpliendo sus sueños y aprendiendo lecciones de vida que se quedarán en su corazón para siempre.